Thursday, November 6, 2008

Masada, Israel. La fortaleza de los zelotes

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Fotos: (1) Vista general de la fortaleza de Masada (2) Planta: 1. Pequeña casa de Baños / 2. Palacio – villa de Herodes / 3. Almacenes / 4. Edificio de apartamentos / 5. Puerta al sendero de la serpiente / 6. Muralla de casamatas / 7. Barrio residencial de los celotes / 8. Cisterna subterránea / 9. Bastión sur / 10. Palacio occidental de Herodes / 11. Sala del trono / 12. Puerta occidental / 13. Sinagoga / 14. Gran casa de baños.

Perdida en el desierto de Judea durante casi dos mil años Masada fue la fortaleza donde se refugió la secta judía de los zelotes luego de su fallida rebelión contra los romanos en el siglo I. Un viaje arqueológico a la histórica colina donde cerca de mil hombres, mujeres y niños, asediados por el Imperio, eligieron matarse unos a otros antes de caer en manos de sus enemigos.

¿Es leyenda o es historia que Eleazar Ben Yair reunió a sus lugartenientes en el palacio occidental de la fortaleza de Masada y pronunció un célebre discurso proponiendo un sorteo para que un grupo de elegidos les diera muerte a todos los demás? La obsesión era evitar caer con vida en manos de los romanos y al mismo tiempo evitar el suicidio, mal considerado por las leyes sagradas. La única versión de este relato –con las inevitables variaciones que le agrega el tiempo a todo relato– pertenece a Josefo Flavio, un historiador judío que colaboró con los romanos y cuya fuente de información habrían sido dos mujeres que sobrevivieron al inclasificable acto, llamado a veces, no muy ajustadamente, suicidio colectivo.

El escenario de esta historia es la fortaleza de Masada, erigida en lo alto de un escarpado monte con forma de meseta en los bordes orientales del desierto de Judea, muy cerca del Mar Muerto y del bíblico río Jordán. En el siglo I, el Imperio Romano había ocupado Palestina después de haber derrotado al reino judío de los macabeos, lo cual mantenía a los habitantes de Judea en estado constante de rebelión. Pero al mismo tiempo los judíos de Jerusalén tenían divisiones internas que los separaban en varias sectas enfrentadas entre sí. Una de ellas, la de los zelotes, fue la que lideró una gran rebelión contra el Imperio. Acosados por los romanos, los zelotes capturaron la fortaleza de Masada, donde también fueron a refugiarse otros sectarios dirigidos por Eleazar Ben Yair, el gran protagonista de esta tragedia.

EL DESCUBRIMIENTO

En la primera mitad del siglo XIX muchos exploradores llegaron hasta el desierto de Judea para encontrar el sitio exacto de Masada. Los primeros en identificar el lugar correctamente fueron unos norteamericanos que lo vieron por un telescopio desde Ein Gedi en 1838. Pero no fue hasta 1963 que el lugar fue excavado y restaurado por un equipo con centenares de voluntarios judíos llegados de todo el mundo y dirigidos por Yigael Yadin. Los trabajos fueron serios, aunque los arqueólogos actuales cuestionan la celeridad con que se trabajó en el lugar en apenas dos años. Cabe señalar que los estudios estuvieron teñidos por el sesgo nacionalista de un Estado que necesitaba justificar históricamente su reciente creación, apelando a la expulsión que habían sufrido casi dos mil años antes, utilizada ahora para expulsar a los musulmanes y a los ingleses.

Al margen de las interpretaciones, durante las excavaciones aparecieron hallazgos maravillosos. La fortaleza en verdad había sido construida mucho antes –entre los años 36 y 30 a.C.– como un lujoso palacio destinado a albergar a Herodes, quien no se sentía muy seguro en una Jerusalén que gobernaba gracias a los romanos. En el extremo septentrional de Masada se encontraron los restos del palacio privado del rey, con varias terrazas y un balcón semicircular con dos hileras concéntricas de columnas y hermosos mosaicos. En otro sector apareció una sofisticada casa de baños al estilo romano, con su frigidarium para los baños fríos, una sala más templada y por último un caldarium para las inmersiones en agua caliente. En el otro extremo se pudo descubrir el Palacio Occidental, el centro administrativo de la fortaleza que ocupaba unos 4000 metros cuadrados.

El lugar más ilustrativo que encontraron los arqueólogos fue el almacén de reservas, compuesto por dos hileras de salones donde se desenterraron restos de jarras de aceite, vino, harina e higos secos. Estas vasijas datan de la época de Herodes, pero tienen impresos nombres bastante posteriores –Shmael ben Ezra; Shimeon ben Yoezer–, que corresponderían a los zelotes. En una de estas salas se halló también un centenar de monedas forjadas en el año de la Gran Rebelión Judía.

El lugar más significativo desde el punto de vista arqueológico fue la identificación de la sinagoga, la única descubierta hasta ahora perteneciente a la época del Templo de Bet Hamikdash. Pero el gran misterio de Masada consiste en saber qué pasó con los cuerpos de los zelotes. Junto a unas escalinatas aparecieron tres esqueletos, uno de ellos perteneciente a un hombre de unos 20 años rodeado por un centenar de escamas de hierro que podrían haber sido de su armadura. Muy cerca estaba el esqueleto de una mujer cuyo cráneo todavía conservaba su pelo intacto, formando una trenza que parecía peinada el día anterior. En la roca donde estaba apoyada la cabeza de la mujer se encontró un tinte rojizo que podría ser sangre, y a su lado yacía el esqueleto de un niño. No hay forma de saberlo con exactitud, pero bien podrían ser los restos de una familia de heroicos zelotes. Además, en una caverna se encontraron otras 25 osamentas. La evidencia histórica parece demostrar que el asedio a los zelotes existió tal cual lo relata Josefo, aunque la gran duda es determinar cuál fue exactamente el episodio final. Nadie sabe con precisión qué ocurrió en la cima de Masada el día 15 del mes Xanthicus del año 74, y no se puede descartar que simplemente haya sido una masacre más a la cual el historiador le agregó un final literario, una costumbre bastante común por aquella época.

A los romanos les llevó siete meses escalar las paredes de aquella montaña para someterla. En nuestros días la tarea no lleva más de diez minutos, ya sea con un moderno cablecarril o a pie por una escalinata. Y hoy, judíos y no judíos de todo el mundo llegan hasta este solitario monte en medio del desierto para revivir en su cima la que habría sido una de las historias más heroicas y fascinantes de todo el mundo antiguo. Allí el visitante ingresa en la misma sala donde los arqueólogos encontraron once pequeñas ostracas (fragmentos de alfarería) que fueron escritas por la misma caligrafía apurada de una mano temblorosa con los nombres en hebreo de once judíos. En una de ellas se puede leer claramente el nombre de Ben Yair, el líder de la resistencia. Nada puede comprobarlo, pero probablemente en ese mismo lugar se haya realizado el terrible sorteo de los diez elegidos que determinó el curso de la fatalidad. Y en esos fragmentitos de una historia trágica estaría la prueba incierta para la posteridad.

La caída de Masada

La fortaleza, que había sido acondicionada por Herodes, nombrado rey de los judíos por Julio César en el siglo I a.C., podía autoabastecerse con agua de lluvia y acumular provisiones para varios años. Y como para la época Masada era casi inexpugnable, unos 960 sobrevivientes de aquella gran rebelión pudieron refugiarse durante tres años, conformando el último bastión de resistencia contra los romanos. Masada era entonces una provocación para el orgullo imperial y al mismo tiempo podía ser el germen de una futura rebelión, a pesar de que todos los judíos habían sido expulsados de Jerusalén para emprender la diáspora.

Doblegar una fortaleza natural como era aquel escarpado monte, que a su vez estaba amurallado, era una tarea complicadísima para las técnicas militares de la época. Haberle ganado las alturas al enemigo fue algo decisivo, aun a pesar de la diferencia numérica abismal que tenían los 10 mil legionarios que contaban además con la ayuda de centenares de esclavos judíos. Un total de ocho campamentos –que se conservan hasta nuestros días– se establecieron alrededor de la fortaleza para planificar un ataque que llevó siete meses de trabajo en que los enemigos se veían todos los días y podían incluso dialogar entre sí a los gritos. La única forma de llegar hasta los bordes de Masada era construyendo una rampa de piedras, cuyos restos también se pueden observar aún hoy. Los zelotes, por supuesto, se dedicaron a hostigar a los constructores, pero los romanos construyeron una torre recubierta de hierro desde la cual arrojaban flechas, dardos y piedras, impidiéndole al enemigo siquiera asomar la cabeza. Finalmente pudieron transportar hasta el borde de la muralla un ariete, que era una maquinaria militar con una viga muy pesada suspendida de una estructura base con una serie de sogas. En un extremo el ariete tenía un carnero de hierro con el que golpeaban las murallas. Pero los zelotes sabían lo que les esperaba y construyeron detrás de la muralla de piedra otra con madera y tierra que resultaba flexible y no se rompía con los embates del ariete. Los romanos decidieron entonces prenderle fuego a la segunda muralla con unas antorchas, pero un viento providencial les devolvió el fuego hacia ellos amenazando incluso con quemarles las armas. Hasta que la “providencia” cambió de bando y comenzó a soplar hacia la fortaleza.

Todo estaba perdido y los judíos sabían muy bien que les esperaban la tortura, la muerte, la violación de sus mujeres y la esclavitud. Entonces Eleazar Ben Yair citó a todos y los animó con un célebre discurso donde planteaba que “las manos propias serían más piadosas que las del enemigo”, y los arengó a “conservar nuestra libertad como un ejemplar monumento funerario”, según el testimonio recogido por Josefo. “Primero destruyan nuestro dinero y la fortaleza por medio del fuego…, no conservemos nada, salvo las provisiones, pues ellas darán testimonio de que no fuimos vencidos por falta de cosas necesarias, sino que, de acuerdo con nuestra resolución, hemos preferido la muerte antes que la esclavitud.” Los maridos abrazaron con ternura a sus esposas, “les dieron los besos de despedida más largos a sus hijos” y no hubo uno solo de estos hombres que sintiera escrúpulos de cumplir su parte en esta temible ejecución, y cada uno mató a sus parientes más queridos”. Entonces escogieron a diez hombres por sorteo para que mataran al resto, y entre ellos fue sorteado uno más que terminaría de matar a los últimos, “y aquel que quedó último miró a todos por si acaso alguno de los sacrificados necesitara ayuda”, prendió fuego la ciudadela y, con la gran fuerza de su mano se traspasó completamente con la espada y cayó muerto junto a su propia familia.

Cuando los romanos ingresaron a la fortaleza, listos para combatir, no encontraban al enemigo por ningún lado. Hasta que dieron un grito y –siempre según el relato de Josefo–, salieron a la luz dos ancianas con cinco niños que se habían ocultado en unas cuevas subterráneas y les contaron lo sucedido a los romanos, quienes se sintieron consternados e incluso conmovidos cuando dieron con la multitud de muertos que no pudieron matar.

Fuente: Julián Varsavsky / Página 12.com.ar, 4 de abril de 2006
Enlace: http://www.pagina12.com.ar/diario/
suplementos/turismo/9-789-2006-04-02.html

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(2) Masada. Fortaleza en el desierto frente al Mar Muerto

Masada (término hebreo para fortaleza) se encuentra en la cima de un peñón de roca aislado en el extremo occidental del Desierto de Judea, que mira hacia el Mar Muerto. Es un lugar de belleza árida y majestuosa.

Hacia el este, el peñón cae a pique unos 450 metros hacia el Mar Muerto (el lugar más bajo de la tierra, a unos 400 metros bajo el nivel del mar) y hacia el oeste se destaca unos 100 metros sobre el terreno a su alrededor. Los accesos naturales a la cima del acantilado con muy escarpados.

La única fuente escrita sobre Masada aparece en La Guerra de los Judíos de Flavio Josefo. Nacido en el seno de una familia sacerdotal como Josef Ben Matitiahu, era un joven líder al comienzo de la Gran Rebelión Judía contra Roma (66 EC) cuando fue nombrado gobernador de la Galilea. Logró sobrevivir el pacto suicida de los últimos defensores de Jodfat y se rindió a Vespasiano (quien poco después fue proclamado emperador) – hechos estos que describe en detalle. Bajo el nombre de Flavio Josefo, se convirtió en ciudadano romano y fue un exitoso historiador. Dejando de lado los aspectos morales, sus relatos han demostrado ser muy exactos.

De acuerdo con Flavio Josefo, Herodes el Grande construyó la fortaleza de Masada entre los años 37 y 31 AEC. Herodes, de origen idumeo, fue nombrado rey de Judea por sus sojuzgadores romanos y odiado por sus súbditos judíos. Herodes, el gran constructor “equipó esta fortaleza como un refugio para sí mismo”. Incluía una muralla de casamatas alrededor de la meseta, almacenes, grandes cisternas que se llenaban ingeniosamente con agua de lluvia, cuarteles, palacios y una armería.

Unos 75 años después de la muerte de Herodes, al comienzo de la Rebelión Judía contra los romanos en el año 66 EC, un grupo de judíos rebeldes dominó a la guarnición romana de Masada. Después de la caída de Jerusalem y la destrucción del Templo (70 EC) se unieron a ellos celotes y sus familias que habían huido de Jerusalem. Con Masada como base, hostigaron a los romanos durante dos años. Entonces, en el año 73 EC, el gobernador romano Flavio Silva marchó contra Masada con la Décima Legión, unidades auxiliares y miles de prisioneros de guerra judíos. Los romanos establecieron campamentos en la base de Masada, impusieron un asedio a la fortaleza y construyeron un muro de circunvalación. Luego construyeron una rampa de miles de toneladas de piedras y tierra en el acceso occidental de la fortaleza, y en la primavera del año 74 EC hicieron subir un ariete por la rampa y batieron las murallas de la fortaleza.

Flavio Josefo relata dramáticamente la historia que le contaron dos mujeres sobrevivientes. Los defensores – casi mil hombres, mujeres y niños – dirigidos por Eleazar ben Yair, decidieron incendiar la fortaleza y morir por sus propias manos, en vez de ser capturados con vida. Y halláronse (los romanos) con una multitud muerta, pero no pudieron regocijarse en este hecho, a pesar de que los sin vida eran sus enemigos. No pudieron menos que admirarse ante el coraje de su resolución y la firmeza de su desdén por la muerte.

La heroica historia de Masada y su dramático fin atrajo a muchos exploradores al desierto de Judea intentando localizar restos de la fortaleza. El sitio fue identificado en 1842, pero las excavaciones intensivas tuvieron lugar recién en 1963-65, con la ayuda de cientos de entusiastas voluntarios de Israel y de muchos países extranjeros, ansiosos de participar en esta excitante aventura arqueológica. Para ellos y para los israelíes, Masada simboliza la determinación del pueblo judío de ser libre en su propia tierra.

La Fortaleza Herodiana

La plana meseta romboidal de Masada mide 600 x 300 metros. La muralla de casamatas (dos paredes paralelas con particiones que dividen el espacio entre ellas en habitaciones) es de 1.400 metros de largo y 4 metros de ancho. Fue construida a lo largo del extremo de la meseta, encima del acantilado y tenía muchas torres. Tres estrechos pasillos conducen desde abajo hacia puertas fortificadas. El abastecimiento de agua estaba asegurado por una red de grandes cisternas excavadas en la roca en el lado noroeste de la colina. Se llenaban durante el invierno con el agua de las lluvias que fluía en corrientes desde la montaña hacia dicho costado. Cisternas en la cumbre abastecían las necesidades inmediatas de los habitantes de Masada, y podía confiarse en ellas para tiempos de asedio.

Para mantener el fresco interior en el tórrido y seco clima de Masada, los múltiples edificios de diversos tamaños y funciones tenían gruesas paredes construidas de capas de dura piedra dolomita, cubiertas con estuco. El lado norte de Masada, que es el más alto, estaba densamente construido con edificios que servían de centro administrativo de la fortaleza e incluían almacenes, una gran casa de baños y cómodos barrios residenciales para los oficiales y sus familias.

El palacio residencial del rey Herodes

En el extremo norte del acantilado, con una espléndida vista, se encontraba el elegante, íntimo palacio privado del rey. Estaba separado de la fortaleza por una muralla, lo que le otorgaba máxima privacidad y seguridad. Este palacio septentrional se componía de tres terrazas lujosamente construidas, con una estrecha escalinata cortada en la piedra que unía entre ellas. En la terraza superior varias habitaciones servían de barrio residencial, frente a ellos hay un balcón semicircular con dos hileras concéntricas de columnas. Las habitaciones tenían un piso de mosaico blanco y negro con figuras geométricas.

La terraza inferior, cuadrada, tiene un patio central abierto rodeado de pórticos. Sus columnas estaban cubiertas con un revoque acanalado y sostenían capiteles corintios. La parte inferior de las murallas estaba cubierta con frescos de multicolores formas geométricas, o pintado imitando el mármol. En esta terraza había también un pequeño baño privado. Aquí, bajo una gruesa capa de escombros, fueron descubiertos los restos de tres esqueletos, de un hombre, una mujer y un niño. El hermoso cabello trenzado de la mujer se conservó, y sus sandalias se encontraron intactas cerca de ella; como también cientos de de pequeñas escamas de bronce de la armadura del hombre, probablemente un botín tomado de los romanos.

El complejo del almacén

Estaba compuesto por dos hileras de largos salones que daban hacia un corredor central. El piso de los almacenes estaba cubierto por un grueso revoque y el techado estaba compuesto por vigas de madera cubiertas con un estuco duro. Aquí se encontraron muchos jarros rotos que alguna vez contuvieron grandes cantidades de aceite, vino, granos y otros alimentos.

La gran casa de baños

De construcción elaborada, este baño probablemente servía a los visitantes y a los altos oficiales de Masada. Consistía de un gran patio rodeado por pórticos y varias habitaciones, todas con pisos de mosaico o baldosas y algunas con paredes con frescos. La más grande de las habitaciones era la sala caliente (caldarium). Su techo suspendido estaba sostenido por una hilera de pilares bajos que permitían introducir aire caliente de la caldera exterior por debajo del piso y a través de las tuberías de cerámica a lo largo de las paredes, para calentar la habitación a la temperatura deseada.

El palacio occidental

Este es el edificio más grande de Masada, y se extiende sobre 4.000 metros cuadrados. Ubicado sobre el centro de la muralla de casamatas, cerca del portón principal que da hacia Judea y Jerusalem, servía como centro principal de administración de la fortaleza y como palacio ceremonial del rey. Se compone de cuatro alas: un apartamento real, una sección de servicios y talleres, almacenes y una unidad administrativa. En el apartamento real había muchas habitaciones construidas alrededor de un patio central. En la parte sur había una gran sala con dos columnas jónicas que sostenían en techo sobre la amplia apertura hacia el patio. Sus paredes estaban decoradas con paneles de estuco blanco. En la parte oriental había varias habitaciones con espléndidos pisos de mosaico. Una de ellas, la habitación más grande, tenía un piso de mosaico particularmente decorativo, con modelos florales y geométricos dentro de bandas concéntricas. Esta habitación puede haber sido la sala del trono del rey Herodes, la sede de autoridad cuando visitaba la residencia en Masada.

Masada, Bastion de los Celotes

La sinagoga, parte de la construcción herodiana, era un salón que medía 12,5 x 10,5 metros, incorporado en la sección noroeste de la muralla de casamatas y orientado hacia Jerusalem. Esta sinagoga también sirvió a los judíos que vivieron en Masada durante la Revuelta. Construyeron cuatro filas de bancos estucados a lo largo de las paredes, y columnas para sostener el cielo raso. Esta sinagoga es considerada el mejor ejemplo de las primeras sinagogas, anteriores a la destrucción del Templo de Jerusalem en el año 70 EC.

Un ostracón que lleva la inscripción me’aser kohen (diezmo para el sacerdote) fue encontrado en la sinagoga. Asimismo, se encontraron fragmentos de dos rollos, partes del Deuteronomio y de Ezequiel 37 (inclusive la visión de los huesos secos), escondidos en agujeros cavados debajo del suelo de una pequeña habitación construida dentro de la sinagoga.

Artefactos

Entre los múltiples pequeños hallazgos – en su mayoría del período de ocupación de los celotes – se contaron vasijas de greda y piedra, armas (principalmente flechas), restos de textiles y de alimentos conservados en el seco clima de la región; asimismo, se encontraron cientos de fragmentos de alfarería, algunos con inscripciones en letras hebreas, monedas y shékels.

De especial interés entre la multitud de ánforas empleadas para la importación de vino de Roma (inscritas con el nombre C. Sentius Saturninus, cónsul en el año 19 AEC), es una que lleva la inscripción: Para Herodes rey de los judíos.

Varios tesoros de monedas de bronce y decenas de shékels y medios shékels de plata se encontraron en extraordinarias condiciones y representan todos los años de la Rebelión, desde el año uno hasta el muy extraño año 5 (70 EC) en que fue destruido el Templo.

En el área frente al palacio septentrional se descubrieron once pequeñas ostraca, cada una de las cuales llevaba un solo nombre. Una dice “ben Yair” y podría ser la abreviatura de Eleazar ben Yair, el comandante de la fortaleza. Se ha sugerido que los demás diez nombres podrían pertenecer a los hombres escogidos al azar para dar muerte a los otros y luego a ellos mismos, según relata Flavio Josefo.

En todas partes se descubrieron evidencias de una gran conflagración. El fuego probablemente fue encendido por los últimos celotes antes de suicidarse. Flavio Josefo escribe que todo fue quemado salvo los almacenes – para hacer saber a los romanos que el hambre no había sido la razón que condujo a los defensores al suicidio.

Han pasado dos mil años desde la caída de Masada. El clima de la región y su lejanía ayudaron a conservar sus vestigios en extraordinaria medida. Hoy en día, un moderno cablecarril lleva a los múltiples visitantes a la cima del peñón con su impresionante vista sobre el Mar Muerto, donde resistió contra Roma el último bastión judío.

Las excavaciones fueron dirigidas por Y. Yadín en nombre de la Universidad Hebrea de Jerusalem, la Sociedad de Exploración de Israel y el Departamento de Antigüedades y Museos de Israel (hoy, la Autoridad de Antigüedades de Israel).

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Posted by simplista34 in 17:18:10 | Permalink | No Comments »